Reseñas: El sonido del Mersey [Pedro Sánchez Sanz]

Liverpool ha sido, y sigue siendo en gran medida, una ciudad eminentemente industrial. Uno se la imagina grisácea, metálica, con casas de ladrillos oscurecidos, cielos ocupados por nubes siempre amenazantes y columnas de humo de sus fábricas. La realidad es muy distinta, Liverpool es una ciudad llena de vida y colorido, arrullada por el rumor del río Mersey, presencia imponente y símbolo de continuo cambio, los últimos auspiciados por su elección como Capital Europea de la Cultura en 2008, y orgullosa de su modernidad, visible en su skyline de rascacielos, en su distrito financiero de arquitectura futurista, sus museos de arte contemporáneo y una vida cultural efervescente, que emergió a finales de los años 50 tras la reconstrucción de la ciudad, arrasada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, 1960 fue un año decisivo en la vida de Liverpool, que a pesar del ruido de sus factorías, el trajín comercial, ya en declive, de sus muelles, y un alto índice de desempleo, vio nacer a los Beatles, y otros grupos de rock afines (Pacemakers, Searchers) que moldearon un nuevo sonido que se dio en llamar Merseybeat, el ritmo del Mersey. Estas bandas iniciaron una revolución cultural (quizá debería decir contracultural) con ingenuidad y atrevimiento, con frescura y tozudez, y sobre todo mucho entusiasmo, para ofrecer a la juventud de Gran Bretaña primero y del resto del mundo poco después, un puñado de canciones sencillas que eran eco y voz de una generación inconformista, aburrida del formalismo de sus mayores. Los Beatles convencieron con ritmos y acordes distintos pero fáciles de asimilar, con canciones cercanas sobre el amor adolescente, la rebeldía sin causa y la sensación de estar perdido, pero con las ilusiones intactas. En resumen, el agua que la mayoría de los jóvenes necesitaban para apagar su sed: «El amor es un club de fans con sólo dos fans»[1].

Durante esa fiebre festiva de los primeros años 60, otros tres jóvenes artistas de Liverpool iniciaron sus carreras como poetas, músicos, pintores y actores, pues de todo esto y mucho más ejercieron Adrian Henri, Roger McGough y Brian Patten. Tanto McGough como Henri fundaron grupos de rock (The Scaffold y The Liverpool Scene respectivamente) con los que actuaban en diversos escenarios creando espectáculos donde la música y la poesía se fundían como un solo elemento de agitación. Organizaban lecturas poéticas, creaban versos para las letras de sus canciones, y llevaban a cabo performances en las que la palabra era protagonista absoluta: «Creo que Liverpool es en este momento el centro de la conciencia del universo humano»[2].

Brian Patten se inició como crítico musical antes de unirse a Henri y McGough para escribir a seis manos The Mersey Sound, una colección de poemas llenos de humor, ternura e ironía, escritos en un lenguaje directo y urbano, con imágenes sacadas de la cotidianeidad y símbolos «muy de andar por casa». En los poemas de esta antología, publicada en 1967 y de la que se vendieron medio millón de copias, los personajes son gente corriente que pululan por sus versos como si pasearan por las calles de una ciudad, antihéroes que nunca antes habían sido protagonistas de textos aparentemente serios como los volúmenes de poesía: niños timoratos en su primer día de colegio, desconocidos que se aman en el metro, el cobrador del autobús o el anciano que se rebela ante su deterioro, jóvenes avergonzados en encuentros furtivos, la soledad de un cura un sábado por la noche ante un puesto de patatas fritas, es decir, personajes ordinarios que viven situaciones cotidianas, que se desenvuelven con mayor o menor fortuna entre la frustración y la sorpresa que nos depara a todos cada nuevo día.

       Dejadme morir como un hombre joven,
no una muerte limpia y consagrada entre las sábanas
no una muerte apacible suspirando
una última sentencia[3].

Estos poetas y músicos decidieron quedarse junto al río Mersey, en Liverpool, ciudad industrial y obrera, provinciana, opuesta al elitismo de la capital, un Londres donde aún refulgían los versos de T. S. Eliot y W.H. Auden, grandes autores con obras de mayor calado intelectual llenas de referencias clásicas y citas metaliterarias, más cercanos a los académicos de Oxford y Cambridge que al público general. Y en su ciudad escribieron poemas llenos de guiños a la cultura popular, con referencias cinematográficas y televisivas, sacadas de los comics y los anuncios de la radio. Y todo eso para demostrar que el poder chamánico del ritmo y la musicalidad de las palabras podía conquistar las calles: «Si tienes entre 15 y 98 años y dices “yo escribo poesía”, no pensarías en marcharte a Londres, te quedarías en Liverpool, porque Liverpool es ahora un escenario»[4].

En su introducción a la antología Poesía Británica desde 1945, el crítico y poeta Edward Lucie-Smith declara que el mayor logro conseguido en la poesía inglesa de las últimas décadas ha sido el inmenso aumento de popularidad de la poesía entre los jóvenes, «la vuelta de la poesía a su papel profético»:

Intento hacer algo sobre la ciudad en mis poemas. Estoy alucinado, esta ciudad, con su hierba y su viento soplando entre ella, es como estar en un planeta, y este planeta está en este universo y las nubes pasan sobre mí, ya sabes. Es una sensación fantástica. Intento meter esto en mis poemas[5].

Los tres poetas representados en esta antología tuvieron mucho que ver con esa revolución de la palabra y la cultura underground. La edición revisada de 1983 apenas sufre cambios perceptibles con respecto a la original de 1967, y fue seguida el mismo año de otro volumen con poemas nuevos para completar un magnífico reto de irreverencia, ofreciendo más versos llenos de inmediatez, sencillez y hondura poética.

Sin ti [Adrian Henri][6]

 Sin ti cada mañana me sentiría como si
volviese al trabajo después de las vacaciones.

Sin ti sería probablemente más feliz y tendría
más dinero y más tiempo y nada en que gastarlo.

Sin ti las flores de plástico en los escaparates
serían sólo flores de plástico en los escaparates.
Fiesta [Brian Patten][7]

Él dijo:

quedémonos aquí, ahora que este sitio
se ha quedado vacío
y hagamos dulce pornografía entre los dos
mientras los últimos de la fiesta se marchan
y el amanecer se acerca como un extraño,

no dudemos ni un segundo sobre lo que ya
sabemos o sobre la frialdad de este sitio,
liberemos nuestras mentes y dejemos
que retoce libremente el alocado
cocodrilo del amor.

Y así lo hicieron,
allí, entre cigarrillos y manchas de cerveza,
y más tarde él cogió el autobús y ella tomó el tren
y todo lo que quedo entre ellos fue la lluvia.

[1] Adrian Henri en Henri, Adrian; McGough, Roger y Patten, Brian: The Mersey Sound. Penguin: Londres, 1983, p. 21.
[2] Allen Ginsberg en Lucie-Smith, Edward (ed): The Liverpool Scene. Donald Carroll Ltd: Londres, 1967, p. 15.
[3] Roger McGough en Henri, Adrian; McGough, Roger y Patten, Brian: op. cit., p. 105.
[4] Roger McGough en Lucie-Smith, Edward (ed): op. cit., p. 18.
[5] Brian Patten en ibidem, p. 63.
[6] Henri, Adrian; McGough, Roger y Patten, Brian: op. cit. p. 29.
[7] Ibidem, p. 111.