El viejo mar [Rafael Núñez Rodríguez]

 

A Abelardo, mi vecino, mi maestro, mi amigo.
En Venecia, cualquier día después de su muerte.

 

Sus ojos se separaban de la página de aquel cuaderno,
Abelardo leía mientras miraba aquella pequeña bahía:
¿Cuántas veces habré rezado por volver a ella sano y salvo?
A veces las vidas de las personas
se rompen como las cubiertas
de los botes de madera contra las piedras
o como las olas frente a las orillas de la realidad.
En ocasiones los sueños vienen a nosotros
y profundamente nos sumergimos
en ellos como el arpón de un viejo
marinero en el mar, o como aquel campesino
que soñaba con que su río fuera un gran océano.
Abelardo se preguntaba cómo leer las mareas
que le quedaban, si ya había surcado los ríos
y los días que la luna le asignó.
¿Cómo ser eterno, si acaso no lo soy ya?
Un sólo poema había escrito en su vida,
el resto lo había navegado,
había sido parte del mar.
Su alma era densa,
tan acuosa como profunda,
sus ojos entendían todos los matices del océano.
Sin embargo, la inmensidad se le escapaba,
nunca la entendió. Tanto es así que aquel día decidió
dejarse dormir en ella y hoy sólo nos queda
el último poema que se llevo consigo.

Inédito