Leonardo Sanhueza, un pájaro que se llama raíz [Pedro Sánchez Sanz]

Cuando un tipo entra en una tienda de libros de segunda mano, en Londres o en Brighton, pongamos por caso, y se pasa una hora deslizando sus dedos por los lomos de los volúmenes en estantes y cajas de madera, y entresaca unos, hojea otros, los sopesa, lee al azar unas líneas, se informa en contraportadas, los suelta y vuelta a empezar, está claro que le interesa la literatura.

Si ese mismo tipo al final de la mañana tiene las yemas de los dedos cenicientas del polvo traspasado de los viejos libros a sus manos, y además todo este proceso es un ritual que repite con asiduidad, digamos cada fin de semana, o cada vez que va a la ciudad, el tipo puede ser catalogado como punter. El verbo inglés punt es un término con muchas acepciones, entre ellas puede significar «arriesgar» o «apostar». Así que ese cliente indagador y paciente de la librería, al escoger uno o más libros que acomodar en su sillón de lectura, hace una apuesta, se arriesga a perder su tiempo y su dinero, si la elección que ha hecho no le lleva a buen puerto. Lo sé de buena tinta, yo he sido uno de ellos.

No en una librería añosa y algo desordenada de Inglaterra, sino en unos pulcros estantes de la pasada Feria del Libro de Cádiz, encontré un volumen fino y flamante, con la inconfundible cubierta negra y acharolada de la colección Visor de Poesía. Autor y título desconocidos para mí, más que el aval de haber obtenido el premio de poesía Rafael Alberti, me sedujeron algunos versos leídos al azar y la profusión de nombres de aves exóticas repartidos por los poemas. Hice mi apuesta, arriesgué y ahora tiene un lugar privilegiado en mi biblioteca.

El autor es el poeta chileno Leonardo Sanhueza, el libro se titula Tres bóvedas y fue merecedor del premio de poesía Rafael Alberti en 2001. Cuenta el propio autor que buscó sin cesar un título apropiado, eligió y desechó varios, al certamen lo presentó como El eco y la pedrada, al publicarse en Visor ya era Tres bóvedas. Después de su lectura pienso en esos tres espacios acampanados, la bóveda celeste, la de agua salina que se forma bajo el océano y la bóveda de una cripta. Aire, mar y tierra, pues Sanhueza se ocupa aquí de lo divino y de lo humano, del origen y de la muerte; «el poema es el testigo del absoluto», declara en los versos finales del libro.

Contemplación. Amanecen los versos desde un mirador y nombran el mundo, que se despereza en un alba que es herida y chorrea luz que es sangre que de ella mana. Son los poemas de este libro, río incesante de tumultuosas aguas que arrancan y arrastran piedras, ramas, tierra y sedimentos que son memoria familiar y personal, reflexión y testimonio. Y en esta vorágine a veces asoma la pepita de oro, el brillo de la gema pulida. No solo fluye, sino que construye una bóveda donde sus pájaros puedan revolotear como en una jaula dorada, como ecos o recuerdos que rebotan en el espacio limitado del poema. «El viento recorre las bóvedas» y va moldeando una imaginería muy personal pero reconocible, salpicada de referencias culturales, a veces enigmáticas para uno, probablemente no tanto para lectores transatlánticos.

Los pájaros. Los pájaros son parte central de la obra, simbólica y logísticamente hablando, pues los poemas con nombre de ave se encuentran entre dos grupos de largos poemas en verso libre, y éstos aparecen posados en líneas sinuosas a lo largo de todo el libro. En una entrevista, a la pregunta «¿por qué hay tantos pájaros en tus poemas?», el autor responde: «me detengo mucho en los pájaros, no por la belleza de su canto, de su vuelo o de su plumaje, sino por sus conductas». Así, el mirlo es sombra ominosa, el queltehue canta la inocencia perdida, el jilguero es esperanza, el chincol entona el llanto de la pérdida. El aleteo de un pájaro es un pequeño gesto que puede producir tremendas reacciones.

«Hay un pájaro que se llama raíz». Y en la siguiente página repite el verso: «hay un pájaro que se llama raíz», para que no nos pase desapercibido, o quizás para convencerse de su propia intuición. En su catálogo de pájaros, el compositor Olivier Messiaen trata de llevar al instrumento la voz única de las aves que observa y escucha con la pasión y devoción propia del artista ornitólogo. Para él la naturaleza es un tesoro inabarcable de sonidos y colores, formas y ritmos. Intenta reproducir al piano el timbre de cada ave, pero no con afán imitador, sino que pretende trascender el ámbito del sonido e incluir en su espacio sonoro el entorno natural, el paisaje circundante, indagar en el canto y su reverberación, que lo impregna todo. Asimismo aborda Sanhueza la tarea de contar un mundo irreal y corpóreo al mismo tiempo, un mundo donde la ausencia es fuerte presencia, porque él cree que «mientras exista dolor existirá una búsqueda. La poesía no es conocimiento, pero está vinculada a un deseo de conocer». Y este ansia de conocimiento hace uso de variadas herramientas, bien le sirve la memoria, la reflexión en voz alta o la escritura de cartas, todo método trasluce un deseo de realidad. Los poemas largos, que constituyen la mayor parte del libro, se presenten o no como cartas, tienen un tono epistolar. A pesar de que algunos de estos poemas tienen destinatarios expresos (el padre, ma Rosa, Rosamel del Valle, Nadine) van más allá de estas figuras, e incluso más allá del propio lector. Se dirían cartas a sí mismo, una indagación que buscara respuestas en su discurso, porque la poesía de Tres bóvedas responde al intento de llenar un espacio vacío. Hay una continua sensación de ausencia, el peso de las carencias empuja a una huida hacia delante, a la búsqueda de la plenitud y la abundancia. Es entonces que el pájaro ausente se hace presente por la rama donde debe posarse, se hace promesa de canto, color y forma y tal vez sea esperanza, latido, heraldo del porvenir. «¿Cuándo se transforma en vuelo la imaginación de la ceniza?». Por la poesía no pasa el tiempo, la poesía tiene el tiempo dentro, el tiempo con sus distintas máscaras.

Han pasado quince años desde aquella aparición de Tres bóvedas en España, apenas el vuelo fugaz de un pájaro ante nuestra ventana. Y me llegan noticias ahora de la publicación de un nuevo libro de Leonardo Sanhueza. Lo ha llamado La juguetería de la naturaleza. Durante estos años el poeta ha crecido, como ha crecido la admiración por sus escritos. Fue galardonado con el premio Pablo Neruda en 2012 por su trayectoria, y recibió el galardón Academia Chilena de la Lengua por su libro Colonos. Se le ha otorgado recientemente el premio Manuel Acuña en lengua española en México por el nuevo libro La juguetería de la naturaleza. Aquí vuelve a la carga dando voz de nuevo al perro sin raza, al roble chileno, al cuervo, al jabalí, a la ágil gacela, para hacer la autopsia a una realidad que empieza a olerle mal entre las manos: «nuestras balanzas ya perdieron / todas sus certidumbres / y ya no saben sino yacer entre las baratijas / a la espera del reciclaje». Tengo la esperanza de que este nuevo libro de Sanhueza nos llegue salvando distancias y fronteras. Y que llegue, no como pájaro de vuelo fugaz que se pierda en la espesura de ojos poco atentos, sino que pueda anidar en el sillón de muchos lectores que le brinden una buena acogida.