Máquina de humo [Leonardo Sanhueza]

Las mejores noches de niebla
a menudo parecen simulacros,
un humo de tramoya hiperrealista
especial para el amor o el crimen perfecto,
aunque por ahí siempre hay alguien
que muere porque sí, que encalla
en las ramas de los espinos o los caquis
donde un chuncho de níquel trata de dormir
poseído por el demonio de la risa
que le hace girar la cabeza
como la válvula de la olla a presión
en mi sueño con perros y Dita von Teese
que termina en una plantación de tiritas
y encajes de la más fina corsetería.
Hay tanto teatro allí, tanta frivolidad,
que ya sólo el espantapájaros es verdadero,
el mismo que un día será mi padre,
cuando al fin me llegue la hora de nacer
y él deje de quedarse en la vereda, ahí,
donde yace despedazado, con la esperanza
de que esa niebla cinematográfica
rompa por la fuerza la puerta de su casa,
que no logran abrir las llaves del afecto
ni las tristes ganzúas de una vida
desprovista de sueño y de razón.