Memoria herida y compás de Manolito de María [Santos Domínguez]

Su ronquido total, su enorme queja,
su gran desolación vestida de colores.
Antonio Hernández

De la cueva profunda,
del encalado fondo de la cueva
se alza a compás su voz menesterosa
como un torrente antiguo y subterráneo
que brota de la roca del castillo del Águila.

Y en la venta Platilla se afina humilde y llama
al fondo de sí mismo
y entona con un hondo compás atropellado
la soleá cabal, la siguiriya grave,
la bulería pausada y luminosa.

En los tercios que canta
—canta porque se acuerda—
respiran las edades pesarosas del hombre
y late como laten los perros moribundos
la historia desolada de la calamidad
y un mestizaje extraño de dolor y alegría.

Oscura como el fondo de la cueva,
clara como su cante combustible,
vibra allí la memoria herida de su raza
—las fatiguitas negras, el desamparo, el hambre—
con un compás herido de fiesta y amargura.

De su voz desdentada
brota una antigua luz inextinguible
y en su hondo pellizco analfabeto
hay un temblor de sangre antepasada,
de memoria indigente de la especie.

Llama negra en la noche inhóspita del mundo,
rescoldo en la intemperie de las flores del fuego,
la herencia de palabras de los desheredados.

No lo sabía y cantaba
el tizón del estrago,
la manera de ser de la desgracia
con esa contención delgada y seria
que no se aprende, que es
el mapa doloroso de sus venas antiguas
—Joaquín el de la Paula, Macandé, Juan Talega.

Porque eso no se aprende, eso se nace
—le decía a Mairena— con él, primo, en la sangre.

Inédito